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Isabel Pérez Dobarro: «Los músicos de clásica ya no vivimos en una torre de marfil»

Concertista, arqueóloga musical, abogada, profesora y activista de los ODS. Una referente en un mundo sin referentes.

Todo es precocidad en Isabel Pérez Dobarro (Santiago de Compostela, 1992). Empezó a tocar el piano con cuatro años, para hacer lo mismo que su hermana mayor. A los 10 fue seleccionada para participar en un concurso de música clásica en Moscú. Con 15 se traslada desde Galicia a Madrid, donde compagina los estudios en el instituto con los del Conservatorio Superior. Su siguiente destino, a los 18 años, era Nueva York, donde hizo un máster y el doctorado. A los 19 se convirtió en la profesora más joven de la historia de la New York University.

Isabel Dobarro es también curiosidad infinita. Después de sus estudios musicales acabó derecho y relaciones internacionales, asignaturas que ahora imparte en la London Performing Academy of Music.

Isabel es también valentía: con su empeño en rescatar las obras de compositoras olvidadas, como Clara Schumann o Pauline Viardot, está logrando romper las barreras de género en el mundo de la música. Con su colaboración con la ONU en la defensa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible está rompiendo la clásica imagen de músico de clásica.

Y además tiene talento. Son numerosos los premios y concursos que ha ganado. Está en la terna finalista en la categoría de cultura de los premios Mujeres a seguir y tiene una agenda de conciertos y grabaciones más que apretada.

Aún no ha cumplido los 30 años.

Eras casi una niña cuando llegas a Nueva York. ¿Cómo sobrevives a esta gran ciudad tu sola, la Gran Manzana?  
Llegué con 18 años y fue una experiencia que me cambió la vida por completo. Recuerdo el primer día, ese momento en que salí del metro y vi Times Square y dije “me quiero quedar aquí”. Cada vez que pasaba por un momento difícil volvía allí y me decía “recuerda este momento”. Nueva York es muy agresiva y salvaje, te pone a prueba constantemente, pero te abre muchas puertas. El haber vivido en Madrid sin mis padres fue un primer paso en el aprendizaje. Yo creo que es muy importante tener una estructura, estar en un programa que te imponga una disciplina, porque es una ciudad que tiene muchos eventos y puedes perderte.

¿Tuviste muchos malos momentos?
No recuerdo ningún momento dramático, pero sí de replantearme todo. Murió mi tía siendo muy joven y fue muy duro, porque no llegué. Y el no estar ahí fue tremendo. Ahora me da pena perderme algunos momentos de la vida de mi sobrino.

Con 19 años ya estabas dando clase en la New York University, la profesora más joven de la facultad.
Fue una experiencia muy interesante. Cuando das clases se aprende mucho, yo empecé con 19 años y me ayudó un montón, porque me ha servido para aprender mucho de mí, para saber por qué toco esto así, por qué muevo así los dedos… Es muy interesante la interacción, la experiencia de dar clases a gente de todo el mundo.

Después estudias derecho. ¿Qué te impulsa a hacerlo?
La herencia genética; toda mi familia por parte de madre son juristas. Al principio sentía la responsabilidad familiar, pero según iba estudiando derecho, me gustaba cada vez más. Tiene una parte muy práctica, los músicos somos muy vulnerables, pero estamos siempre sometidos al derecho de los autores, a los contratos, etc. El derecho aplicado a la música debería estar incorporado como asignatura en todas las escuelas de música.

La gran mayoría de las orquestas no ha tocado nunca una obra de una mujer, solo un 1,8% de la música interpretada es de autoría femenina».

Y aparte de esa conexión práctica de contratos, tiene algo en común con la música.  En derecho la interpretación es muy importante; tienes un código y una ley pero luego la tienes que interpretar. Y es como tener una partitura.

Después pasas a las relaciones internacionales

Me saqué el certificado en Harvard como complemento, me interesa la interrelación entre música y sociedad. Las Relaciones Internacionales aportan la conexión entre distintas culturas a través de la música y su equivalente en el ámbito artístico.

Eres una rara avis en un mundo muy exigente en el que los músicos suelen ser gente muy ensimismada en sus ensayos y en sus horas de trabajo. ¿No te ven como una persona dispersa?
Dispersión no es exactamente la palabra, la mayoría de los músicos tiene otras obligaciones que no es solo tocar sus notas todo el día, casi todos dan clases en conservatorios y escuelas.

«No nos podemos aislar, ya han pasado los tiempos de estar en una torre de marfil».

Pero tú además te implicas en causas como el medio ambiente, la igualdad de la mujer, las relaciones internacionales.
Sí, pero todo eso contribuye, yo lo veo como una unidad, no una dispersión. Para mí la música es expresar determinados valores y sentimientos de una época, conectar con el público, tratar de transmitir y ese transmitir está formado por lo que me rodea. Barenboim y Dudamel son ejemplos de músicos que hacen otras cosas. Cada vez nos damos cuenta de que como artistas podemos aportar más allá de la parte estética de nuestro trabajo. Y eso no le quita calidad ni excelencia a nuestro trabajo. Es una necesidad de nuestro tiempo, no nos podemos aislar, ¡han pasado los tiempos de estar en una torre de marfil!

Por eso empiezas a colaborar con la ONU.
Eso fue una casualidad. En la universidad de Nueva York me seleccionaron para participar en una conferencia y yo propuse hablar sobre qué podemos aportar los músicos más allá de tocar al final del día para entretener a los ponentes, lo cual está bien, pero no refleja todo lo que podemos hacer. En septiembre de ese año se aprobaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). A partir de ahí empecé a participar en distintas conferencias sobre la juventud y los ODS y otra sobre las Artes y los ODS. Interesa que los jóvenes tengan cada vez más voz; somos una parte más de la conversación.

¿Qué es lo más loco que has hecho?
No he cometido grandes locuras a nivel personal, pero a nivel profesional hago lo que sea por participar en proyectos que me interesan, me cojo un avión a cualquier hora y me hago los kilómetros que sea.

¿Hay vida más allá de la música?
Me encanta viajar, me fascina el cine clásico, si no fuera lo que soy hoy, sería directora de cine. Voy a ver muchas películas. En Nueva York todas las semanas iba a ver jazz. Escribo bastantes artículos y poesía y ficción para mí. No me he atrevido aún a publicarlas.

«Cada vez nos damos cuenta de que como artistas podemos aportar más allá de la parte estética de nuestro trabajo».

Con la intensidad que requiere la práctica, no deben ser fáciles las relaciones de pareja y amistad.
Tengo un novio maravilloso. No es músico, pero trabaja mucho y entiende mi dedicación. En cuanto a amigos, no tengo tanto tiempo como me gustaría, pero en cuanto voy al cine o concierto, busco con quien ir. Para mi la amistad es muy importante. Cuando estás tanto tiempo sola como con el piano, el poder compartir momentos con otras personas es bonito y enriquecedor. Mis amigos me dan la vida.

Ser mujer te lo ha puesto más difícil.
En el piano hay una larga tradición de mujeres pianistas, que viene del renacimiento y el barroco. Algún profesor de avanzada edad ha hecho algún comentario machista, pero creo que es más general de una generación que del piano. En la composición y la dirección orquestal todavía hay unas barreras difíciles de superar porque los referentes se están construyendo ahora, pero no hay nada histórico. Son composiciones que se han eliminado del canon, no se estudian en los conciertos, en los repertorios de los concursos, no se programan. En programación orquestal las estadísticas hablaban de que solo un 1,8% de las obras interpretadas eran de mujeres, la gran mayoría de las orquestas no ha tocado nunca una obra de una mujer. Esto está cambiando, pero estamos hablando todavía de porcentajes ridículos. No quiero decir con esto que se deje de tocar Mozart, a Mozart hay que tocarlo todos los días, pero también Amy Beach, Boulanger…

¿Por qué este empeño en rescatar las obras de las mujeres?
Primero porque es una cuestión de justicia. Y segundo porque es un repertorio maravilloso, imagínate que no conociéramos a Emilia Pardo Bazán o Jane Austen y su obra estuviera oculta y de repente tienes la oportunidad de sacar eso a la luz. Estás haciendo una contribución muy grande a la sociedad, porque es repertorio desconocido, que no se ha grabado, que hay que editarlo… Hay obras como el Concierto para piano y orquesta de Mariana Martínez o Wilgemina de ProusSon que merecen ser tocadas, porque son de gran calidad.

¿Quién es tu referente?
En el plano musical, Alicia de la Rocha, cuanto más la escucho, más referente es. Le pasa como a Meryl Streep, que se mete en el personaje y ya no sabes quién es. Y a Alicia le pasaba lo mismo, cuando tocaba a Mozart, era Mozart!

¿Y a nivel personal?
Me impresionó mucho Malala, es una persona valiente que se ha jugado la vida por unos valores extraordinarios. En general, cualquier persona que esté haciendo una labor por la sociedad, porque es lo que yo aspiro a ser, alguien que contribuye a la sociedad.

Dentro de diez años estarás haciendo…
Exactamente lo mismo que hago ahora, pero más asentada, con un trabajo que me ayude a canalizar mi contribución a la comunidad. José Andrés, el cocinero, que acaba de recibir el Princesa de Asturias, es un ejemplo. Nuestro papel es mantener la excelencia, pero debemos tener una proyección hacia lo que nos rodea.

¿Qué le dirías a una niña que empieza con el piano y quiere seguir tus pasos?
Le preguntaría que qué es lo que realmente le gusta de tocar el piano y qué quiere aportar en la sociedad. Cada uno tiene su camino y siempre es largo. En el conservatorio te marcan un camino determinado, pero cada vez hay más alternativas en ese modelo. Para mí fue fundamental el día que dije que quería que mi carrera tuviese una vertiente social, no es lo habitual, pero es donde yo me sentía cómoda.

La música es la ciencia de las emociones y cada concierto es un viaje».

Después de tantos años tocando, cuando te sientas al piano con ocho horas por delante, ¿qué sientes?
Hay varios procesos, el intelectual, el técnico, el de descubrimiento. Es un trabajo de arqueólogo, historiadora, vamos a desenmarañar qué es lo que quería decir Pauline Viardot con esta partitura. Luego hay un trabajo de exploración psicológica, por qué quiero hacerla, qué va a reflejar de mí, qué significa para mí esta obra… Hay un placer acústico, una satisfacción cuando empieza a salir bien… Y pienso también en qué reflejaba esta pieza ahora, cómo puedo hacer que sea actual, sin que sea una pantomima, no por meter una guitarra eléctrica ya es contemporánea… Todo eso es fascinante, las horas se te van en todos estos procesos.

¿Has llorado alguna vez tocando una pieza?
Sí, y en público. La última vez cuando toqué el segundo movimiento del concierto para piano 23 de Mozart, que es para mí lo más bonito que se ha escrito en la historia de la humanidad… Hay obras que siguen emocionándome después de años tocándolas. La música es la ciencia de las emociones. Cada concierto es un viaje que te lleva a lugares donde puedes ser quien quieras ser.

¿Indómita?
Si, claro, cien por cien. Yo creo que hay dos vertientes de Indómita, seguir la pasión de cada una y superar las cortapisas por lo que crees que es correcto. A mí me gusta escuchar, colaborar. Si avanzamos todos, todos estamos bien.

Fotos cedidas por Isabel Dobarro.

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