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«Mi gran maestro ha sido el Everest, estuve muy sola las tres veces que subí y aprendí mucho de mí»

Chus Lago (Vigo, 1964). Por sus venas corre la aventura

Culminó su primer ochomil a los 23 años y dos más tarde ascendió el Everest sin ayuda de oxígeno. Es la única mujer que ha logrado el título de Leopardo de las Nieves, por coronar los picos más altos de la extinta Unión Soviética. Cuando la montaña ya no era suficiente y se lanzó a la conquista de desiertos polares, se convirtió en la primera persona española que ha logrado cruzar el Polo Sur en solitario, arrastrando durante 59 días un trineo que duplicaba su peso. Durante doce años fue concejala de Medio Ambiente de su ciudad, Vigo. En la actualidad vive centrada en la crianza de su hijo de seis meses. Acaba de publicar El espejo de hielo, un precioso canto a la aventura de principio a fin. Ha sido una gran aventurera y es una gran escritora.

¿Qué contestas cuando te preguntan por tu profesión?

Ahora digo que soy escritora, es más fácil. El médico que atendió mi embarazo, me decía siempre que tenía la tensión y las pulsaciones de deportista. No fue hasta el octavo mes de embarazo que le conté a qué me había dedicado hasta entonces.

¿Cuál es el primer recuerdo que tienes de aventura?

Siempre es mi padre, había sido paracaidista y era muy deportista. De pequeños íbamos en tren a la playa, con mis primos, frente a la Isla de San Simón, en la ría de Vigo, donde jugábamos a piratas. Mi padre llevaba una cesta portuguesa en la cabeza con el guiso de pollo, y nos pasábamos el día allí, buscando fresas salvajes, tolvas de conejos, subiendo a los árboles.

Y de la playa a la montaña.

Empecé como montañera a los 11 años y me llevaron al monte cercano. Y me sentí como en casa. Las sierras gallegas siempre me han resultado muy cálidas, son esos sitios mágicos de cuevas y bosques que tanto han cantado las poetas gallegas. Yo recitaba sus versos en el monte. Y cuando estoy en el Himalaya, al límite, pienso en el Caurel y los Ancares. Tuve suerte de tener grandes instructores de montaña, maestros, que nos enseñaban a entender las estrellas, los árboles, la diferencia entre que los árboles tuviesen musgo o no…

Eres gallega. ¿Imprime carácter el territorio?

El territorio nos marca a todos, no es casualidad que seamos de una forma. Recuerdo a Esperanza, de los Ancares, había nacido en una palloza y tuvo seis hijos en la sierra más alta de Galicia, con nieve, frío y todas las dificultades, en un sitio en que solo comían cerdo y patatas. Y ella decía que era la mujer más feliz de mundo. El carácter te salva de las inclemencias. He visto similitudes en el Himalaya.

¿Y cómo pasas de los Ancares al Himalaya?

Fue muy natural, como tenía que ser. Ahora es distinto, porque te especializas en escalada en hielo, en interior en el rocódromo, en cuevas… pero antes hacías de todo.
Comencé a ir con mi grupo de amigos a cursos de escalada serios, de seguridad, de alta montaña. Eran procesos continuos de aprendizaje y como animales salvajes íbamos a las grandes montañas, primero al Naranco de Bulnes, luego a las montañas de 5.000 y 7.000 metros. Y luego los 8.000 metros. Más tarde los polares.

En la montaña no tienes ansiedad, en el hielo sí, no hay paisaje y parece que el mundo se ha olvidado de ti».

En tu libro hablas de lo duro que es atravesar el hielo en comparación con el ascenso a una montaña.

En una montaña cada día es diferente, cambia el paisaje y tienes que estar presente todo el tiempo para bien y para mal. Debes concentrarte en dónde vas a poner el pie. Y está la cima, que es una atracción para seguir. En un desierto polar, visto el primer día visto los otros 60, hay cambios mínimos, no ves un pájaro, ni un árbol, nada… es como estar en un bote de cristal caminando sobre una cinta del gimnasio, donde parece que no te mueves. No sabes si te has equivocado, si vas norte o sur, solo eres consciente de lo que avanzas cuando por la noche, en la tienda, marcas sobre el mapa la distancia recorrida. En la montaña no tienes ansiedad, en el hielo sí, no hay paisaje y parece que el mundo se ha olvidado de ti. Y por eso en el desierto polar, una vez que controlas todo, te tienes que evadir mentalmente. La preparación física es muy dura, pero la mental también.

¿Cuál fue tu aventura más extrema?

La Antártida en solitario fue muy dura. Fui el primer español (hombre y mujer, recalca), que la cruzó en solitario. A mí este tipo de aventuras en solitario me ponen, porque yo domino estas travesías mentalmente duras. Pero fue terrible, no por estar sola, sino por las condiciones, sufrí el peor viento de la última década, solo tuve siete días de buen tiempo y no tenía nada, ni música.

¿Y cómo te preparas para algo tan duro?

La preparación es muy natural, cuando eres niña subes montañas pequeñas y luego vas subiendo montes más altos. Mi gran maestro ha sido el Everest, estuve muy sola las tres veces que subí y aprendí mucho de mí. Muchas conclusiones las saqué décadas después, pero me ha enseñado mucho.

Es duro ser mujer en un entorno así, y más cuando eres fuerte, porque ven que no hace falta protegerte».

En tus primeras aventuras te embarcas siempre con hombres, en los últimos años has liderado expediciones femeninas y, según tus palabras, se han generado mejores dinámicas que en las de hombres.

Siempre he hecho expediciones con chicos, yo era la única y he tenido experiencias malas por los liderazgos, a veces muy poco democráticos. Es duro ser mujer en un entorno así, y más cuando eres fuerte, porque ven que no hace falta protegerte y eso me ha generado problemas. También he tenido experiencias muy bonitas con compañeros. Pero con mujeres me lo he pasado genial, ha sido muy rico, cada una busca su lugar de una forma muy natural. Tuve que aprender a liderar dejando espacio a las demás. Todas ellas tenían otras profesiones, una tenía tres hijos, otra uno, pero tú ahí no ves a una madre o a una profesional de otro ámbito, sino compañeras que se entregan en todo momento y que aportan mucho de su experiencia propia.

De haber tenido referentes no habría sido señalada como la adolescente rarita».

¿Cuáles fueron tus referentes femeninos de pequeña?

¡Ojalá los hubiera tenido! Ahora están los libros de Cristina Morató donde habla de las mujeres que fueron al polo, pero yo no las conocía. Y por eso siempre tuve la sensación de que yo estaba fuera del tiesto. De haber tenido referentes no habría sido señalada como la adolescente rarita, que luego fue rara como joven, esposa… Por un lado la gente te admira, pero también hay una gran presión paralela. Es necesario tener referentes. Cuando yo daba charlas en los colegios, un día me preguntó una niña mi edad y no se creía que yo tuviese la misma edad que su madre y estuviese subiendo montañas.

¿Y tu familia te apoyaba?

Mientras fui niña y adolescente sí, me pillaron los ochenta y preferían que estuviese en la montaña a la calle, donde había tanta droga. Pero cuando empiezan los accidentes mortales de gente conocida y empiezo más en serio, cerraron todas las puertas y fueron muy duros. Ahora ya estamos mejor. Entiendo a mi madre, eso de que me fuese tres meses, solo pudiese llamarles una vez en toda la expedición, porque las comunicaciones eran carísimas, el miedo a que te pase algo…

Según tus palabras, una aventura no es un viaje, es un estado mental. ¿Qué pasa cuando vuelves a casa después de tres meses de expedición?

La primera vez, cuando volví de Perú, me sentí muy rara al poner los pies en la tierra de nuevo. El mundo me parecía infantil, superfluo y consumista, yo tenía 22 años y la sensación de que había envejecido. En dos meses había puesto en juego mi vida, había madrugado, había pasado hambre, frío… y de pronto llego a una vida segura y fácil. Hacía un esfuerzo por contar mi aventura de forma cómica, para no ser pesada.

Con el tiempo me di cuenta de que es como la depresión posparto, no es que estuviese triste, sino lánguida. Porque después de tener cien ojos puestos en la supervivencia, te da un bajón tremendo esta seguridad. Pero se supera haciendo un esfuerzo mental para no quedar fuera del sistema, yo procuro ser normal lo antes posible y enseguida saco la tarjeta de crédito y me voy a comprar algo, aunque no me importe nada, ja, ja. Nunca he querido ser una solitaria empedernida.

 

¿Y es fácil la vida en pareja con tanta expedición?

Es difícil convivir con alguien que hace una expedición al año de tres meses, que pasa mucho tiempo entrenando. Antes de la expedición hay que poner tanta carne en el asador, robarle tiempo a tus amigos y familia para entrenar, conseguir patrocinadores… Yo estoy casada por segunda vez, mi segundo marido también tiene algo de aventurero y ha entendido que esto requiere mucha dedicación.

Hay una parte de tu biografía que me parece fascinante, durante doce años fuiste concejala en el ayuntamiento de Vigo. ¿Cómo llegas a la política?

A los partidos políticos les gusta tener deportistas de élite en sus filas. A mí me llamaron casi todos los partidos, y siempre decía que no, porque yo solo quería hacer expediciones. Al final cuando me ofrecieron medio ambiente, me pareció interesante y acepté. La política es dura. No voy a hablar de lo que no me gustó, pero sí diré que me encantó el contacto con la calle, poder mejorar la vida de la gente. Organicé un superclub de caminantes, creamos huertos, descubrí los humedales de la ciudad, pusimos en marcha el cuidado de las playas. Había tanto por hacer. Fue muy creativo. También me gustó estar en la Concejalía de la Mujer.

Consideras que ser mujer te lo ha puesto más difícil en tu carrera a la hora, por ejemplo, de conseguir patrocinios.

Yo fui paulatinamente. Y he sido muy seria en este tema, nunca he pedido grandes patrocinios y respondía bien, siempre logré los hitos que me proponía. No sé si el ser mujer me ha abierto puertas o no, pero me avalaba mi seriedad, cuando empecé a buscar patrocinios yo ya me había pagado alguna de mis aventuras.

La aventura perfecta es la que te hace sentir bien, hayas logrado el final perfecto o no, porque la vida es así».

En tu libro dices que la aventura perfecta es aquella que te obliga a esforzarte más allá de tus límites. ¿Es posible trasladar lo aprendido en la montaña al mundo real?

Totalmente, si no tuviera una transferencia desde ese mundo a este, habría perdido el tiempo. La aventura perfecta es la que te hace sentir bien, hayas logrado el final perfecto o no, porque la vida es así.

Pero hablas también de lo importante que es entender tus fallos.

Que algo no salga bien tiene que ver contigo, porque has elegido mal los compañeros o porque no era el momento adecuado. Cuando comprendes eso, el mundo es mucho más fácil, porque te haces responsable de tu vida. Es la hostia analizar lo que has hecho mal, porque te coloca en un plano más alto, aunque no salgas favorecida. Saber por qué has fallado es fantástico.

Has sido madre recientemente, cumplidos ya los 56. ¿Ves la maternidad como una aventura?

Siempre me gustaron los niños y yo quería tener uno, pero nunca me puse a ello. Hacía una o dos expediciones al año. Y llega un momento en que “o ahora o nunca” y los médicos me dijeron que estaba todo perfecto. Quiero y puedo. Y ahora estoy disfrutando de esta vida familiar que no he tenido antes. Hay cosas en la vida que me han llegado cuando tenían que llegar. Si hubiera ocurrido hace veinte años posiblemente no habría sido feliz.

¿Y vas a dejar las expediciones?

Nunca diré que las dejo porque me he merecido dejarme una puerta abierta. Ahora mismo estoy en crianza y no me voy a alejar de esta criatura. El tiempo y mis rodillas, dirán.

¿Tiene edad la aventura?

No, no la tiene. A los 25 años tienes más ímpetu, pero menos serenidad. La experiencia va a favor y la tercera edad nos está sorprendiendo a todos.

A una adolescente que quiere vivir la aventura le diría que se asegure de que es lo que quiere hacer, que aprenda a decir que no y a protegerse».

¿Qué le dirías a una adolescente que también quiere vivir la aventura?

Que se asegure de que eso es lo que quiere hacer, tiene que salir de las tripas. Yo te puedo enseñar a nadar, pero el ser aventurero tiene que venir de ti. Que aprenda a decir no y a protegerse. Y como diría el poema de Kavafis, asegúrate de que el viaje esté lleno de aventuras.

¿Te sientas Indómita?

Si soy modesta, un poco sí. Si miro hacia atrás me veo siempre nadando a contra corriente, solo me he sentido bien cuando he pisado hielo, porque estaba donde quería estar.

Tu siguiente reto

Quiero escribir un libro, tengo varios cuentos empezados, un tipo de libro simpático, alejado de lo íntimo y personal, no repetirme.

Fotos y video© Chus Lago.

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