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“Los policías que me atacaron querían que respondiese con odio, pero no lo han conseguido”

Sonia Vivas, expolicía, lesbiana, feminista y activista por los derechos humanos

Ser policía siempre fue su sueño. Y en 2004 entró como única mujer de su promoción en la Policía Local de Palma de Mallorca. La felicidad duró poco, durante una década sufrió acoso laboral y homofobia por parte de sus compañeros. No se amedrantó y logró destapar el caso Cursach, uno de los mayores escándalos de corrupción policial de España, que acabó con 40 policías en la cárcel por delitos de explotación sexual y tráfico de drogas. En 2019 abandonó el cuerpo y entró en política. En la actualidad, Sonia Vivas es concejala de Justicia Social, Feminismo y LGTBI del ayuntamiento de Palma y acaba de publicar un libro Cuando vinieron a por mí (Editorial Península) en el que narra todo el sufrimiento vivido en su lucha contra la corrupción.

¿En qué momento estás ahora? ¿Cómo te sientes?

Estoy en un momento un poquito raro, buscando mi lugar en el mundo y una paz que creo que me merezco. Busco la manera de transformar toda la lucha que llevo detrás en algo bueno para los demás. He peleado mucho para conseguir una sentencia que se está estudiando en muchas universidades de derecho y estoy súper contenta porque ha sentado un precedente. Ahora estoy en política, pero no voy a continuar en ella mucho tiempo, no es mi lugar.

Lo que me han hecho a mí es una auténtica barbaridad que pone de relieve lo que pueden haber hecho a otras personas».

En el libro relatas con detalle todo el proceso de la denuncia de corrupción policial, ¿eras realmente consciente de todo a lo que te estabas enfrentando?

Nunca pensé que denunciar aquello me iba a acarrear tanto sufrimiento. Nunca imaginé que llegase a tener intervenida mi casa con cámaras, como las que ponían a las personas que estaban en las listas negras de la banda terrorista ETA. Ni tampoco la denuncia falsa, con la que me iban a procesar y a meter en la cárcel. Supongo que lo volvería a hacer, porque lo hice movida por un deseo que trascendía el ámbito judicial. Era más una cuestión personal y colectiva. Lo que me han hecho a mí es una auténtica barbaridad que pone de relieve lo que pueden haber hecho a otras personas.

Imagen de la portada del libro.

También, a raíz del acoso que sufriste, se ha condenado a un policía, por primera vez, a pena de cárcel por un delito de homofobia.

Sí, es la primera vez, porque es muy difícil demostrar eso judicialmente. En realidad, todos los delitos que tienen que ver contra las personas son muy difíciles de demostrar y más si se trata de una mujer.

¿Sientes esta sentencia como un logro?

Nunca he sentido como un logro que alguien tenga que vivir o entrar en una cárcel. Para mí ha sido triste. Creo que es positivo por toda la repercusión que ha tenido y porque ahora mucha gente va a ir con mucho más cuidado.

«La Policía a día de hoy tiene unas dinámicas internas que se parecen mucho más al patio de una prisión que a una institución democrática».

¿Qué crees que se podría hacer ahora mismo para evitar toda esa corrupción policial?

Para empezar, buscar herramientas para cambiar la cultura policial, que tiene un corporativismo muy mal entendido. A modo de muestra: hace poco se celebró una fiesta en el mismo cuartel al que yo entré escoltada por última vez, porque no era seguro para mí. Acababa de salir la sentencia del tribunal Supremo que decía que uno de los acusados tenía que volver a prisión. Allí fueron policías condenados, que no podían trabajar ni acercarse al cuartel. Pero la fiesta fue consentida por la corporación y lanzaba un mensaje claro: “Sonia, que ha denunciado, es el enemigo. Y ellos son de los nuestros, aunque sean unos policías condenados por un delito gravísimo”. La Policía a día de hoy tiene unas dinámicas internas que se parecen mucho más al patio de una prisión que a una institución democrática.

Cuando te acosan nadie quiere estar contigo, todo el mundo piensa que si se pone a tu lado, puede acabar recibiendo violencia».

Antes de irte de la policía, propusiste y creaste una Unidad de delitos de odio, ¿en qué quedó esa Unidad una vez que saliste?

En nada. La monté en un momento en el que había denunciado mi situación y, en lugar de irme de baja, me quedé intentando hacer algo bueno para la institución. Empecé con un teléfono y una moto. Me reuní con asociaciones, entidades, etc. dando a conocer que se ponía en marcha este servicio para que denunciaran delitos de odio y hacer un informe judicial de cada uno. En este país se vulneran derechos fundamentales todos los días. Los delitos contra las libertades fundamentales están recogidos dentro del código penal, pero no se conocen. Por eso fue una verdadera revolución. Pero hubo mucha gente en la corporación que no lo percibió bien, porque querían que me quedara en casa, que cayera enferma. No entienden que una víctima se pueda sobreponer. Por eso nadie se subió al carro y la Unidad se acabó cuando me marché. Cuando te acosan nadie quiere estar contigo, todo el mundo piensa que si se pone a tu lado, puede acabar recibiendo violencia.

Es complicado, pero te puedes recuperar de las secuelas del acoso e incluso puedes convertirte en una persona mucho mejor. Y yo quiero a ayudar a la gente, que sepan que esa situación se puede revertir».

En el libro hablas de las secuelas que tiene y deja en la salud el acoso; bulimia, estrés, depresión, ¿Sientes que te has recuperado de ellas? ¿Se puede alguien recuperar alguna vez?

Sí, de hecho, hay un momento en la vida en el que si le das la vuelta a todo eso te conviertes en una persona mejor. Ese punto es en el que me encuentro. He atravesado una noche oscura, que ha durado muchísimo tiempo y ahora quiero hacer algo con ello. Que no sea solamente contarlo. Mucha gente me escribe contándome sus vivencias, verdaderas barbaridades también y, al final, yo me considero solamente un instrumento o un espejo de los que no tienen voz ni posibilidad de contarlo. Es complicado, pero te puedes recuperar e incluso puedes convertirte en una persona mucho mejor. Y yo quiero a ayudar a la gente, que sepan que esa situación se puede revertir.

He visto que también te has casado recientemente…

Queremos ser mamás y, si no estamos casadas, la que no engendra tiene que adoptar después a la criatura y es un proceso larguísimo. Eso en el caso de las parejas heterosexuales no pasa, ni siquiera hace falta que estén casados. Esa es otra reivindicación. Nos podemos casar, pero siempre hay un “pero”. Y hay que llegar a un momento en el que no haya “peros”.

El tema LGTBI no debería ser una cuestión de siglas, ni de derechas ni de izquierda. Es una cuestión de derechos humanos».

Estamos en la semana del Orgullo, ¿ves avances en el reconocimiento y respeto de las personas LGTBI y de la diversidad en general?

Creo que hemos caminado mucho como sociedad en España, pero que nos hemos dejado un trabajo pedagógico por el medio súper importante. Las personas LGTBI vemos como impacta esa falta de pedagogía en nuestras vidas cada día. Estamos en un momento muy complicado porque la política no está sirviendo para hacer nuestra vida mejor, está sirviendo para alimentar dos orillas irreconciliables ahora mismo. Yo quiero tender puentes, porque el tema LGTBI no debería ser una cuestión de siglas, ni de derechas ni de izquierda. Es una cuestión de derechos humanos. Todos los días nos enfrentamos a un montón de cosas que las personas hetero no tienen ni que pensar, y ni qué decir de las personas trans y el debate doloroso que ha despertado la ley.

Comentas también en el libro que, desde muy pequeña, te rebelaste contra las desigualdades. Y citas una frase que te decía tu abuelo “No te quedes callada ante las injusticias”… ¿cuánto te ha inspirado esa frase en tu lucha?

Es cierto que la frase me ha acompañado. La figura de mi abuelo está en el libro porque fue comunista y luchó contra el golpe de estado del 36. Teníamos grandes conversaciones sobre todo lo que había vivido y cómo lo veía. Era un hombre muy justo. Yo creo que en su época, no quedarse callado era muy importante, y sigue siéndolo. Porque si todas las personas que somos diversas por algún motivo nos juntamos somos una mayoría social incontestable. Y por eso me decía mi abuelo “no te calles, dilo siempre, habla”. Y él habló y fue perseguido. Esa fue su enseñanza.

Foto: © Jose Miguel Taltavull.

Tienes una vocación de servicio público enorme. Al dejar la Policía entras en política, y ahora eres concejala en el ayuntamiento de Palma. ¿Ha cubierto tus expectativas la política?

La política sirve un poquito para cambiar las cosas, pero hay un montón de gente ahí que no tiene ganas de cambiar absolutamente nada y es muy difícil. Estamos para servir. Mi misión era ampliar los servicios de violencia machista de Palma con una inversión de un millón de euros y se consumará en otoño. Algo que no ha pasado nunca en la historia de la ciudad. Después vendrá el “hasta luego”, porque yo creo que la política es ir, cumplir una misión y marcharte, porque si no acabas siendo tú la misión y te conviertes en una de esas voluntades que no deja que nada cambie.

«En el último tiempo, ha habido una cantidad brutal de agresiones machistas con resultado de feminicidio. En el momento en el que la mujer entiende su situación de violencia y quiere salir de ella, él se ve como la víctima. Y no hay ningún entendimiento y acaba asesinándola porque piensa que es suya».

Eres una referente en violencia de género, feminismo, diversidad, ¿qué medidas tomarías para avanzar en la eliminación de las violencias?

A mí me interesan las personas, los seres humanos. Como sociedad vamos a la deriva, todo lo que tiene que ver con lo espiritual lo tienen cogido las iglesias. Vivimos dentro de un sistema que hace que estemos mal. Y todas las violencias se desatan también a partir de eso. Más allá del patriarcado, estamos en una estructura que nos tiene desarraigados. En el último tiempo, ha habido una cantidad brutal de agresiones machistas con resultado de feminicidio. Vamos avanzando, el tema está vivo, se habla más de feminismo, se han subido al carro los grandes programas de televisión como Sálvame, la gente debate sobre ello. Pero la respuesta que ha habido a eso es un rosario de feminicidios brutal. En el momento en el que la mujer entiende su situación de violencia y quiere salir de ella, él se ve como la víctima. Y no hay ningún entendimiento y acaba asesinándola porque piensa que es suya. No lo vamos a cambiar solo desde el feminismo. He visto que las herramientas que yo he utilizado para intentar poner mi grano de arena no funcionan. Por eso estoy mirando qué hacer más allá.

Estás en excedencia de la Policía, ¿te ves volviendo?

Que va. Yo amo la Policía, la he amado y la amaré toda la vida pero, por encima de ella, estoy yo. Y yo allí ya no tengo mi lugar.

Cuando vinieron a por mí es tu segundo libro. Ya habías publicado Vivas nos queremos. A todas luces, parece un libro casi autobiográfico, ¿lo has hecho por dejar constancia de lo ocurrido o te ha servido como catarsis?

Cuando lo empecé a escribir fue una catarsis, pero me di cuenta de que lo que contaba podía ser interesante. En él hablo de todo, de una mujer a la que acosan e intentan meter en la cárcel, que se sobrepone y consigue ser la jefa de todos los que la han acosado. Pero también hablo de la bulimia, de la relación con mis padres… Todo ello genera una verdad. No estoy diciendo que soy una súper heroína de cómic y que al final he ganado. No, también hay que contar todo el precio que he pagado.

La bulimia, por ejemplo, es una enfermedad, un desequilibrio muy estigmatizado y no se habla de ello. Yo tuve una adicción a la comida, con la que tapé mi ansiedad. Las personas, incluso las más fuertes, tenemos fantasmas y tenemos demonios. Eso hay que reconocerlo. Y ahí en el libro está esa parte humana. Sufrí escribiéndolo pero también sané mucho. Y por eso he llegado al punto en el que estoy.

Durante todo este tiempo, mi gran logro, y está mal que yo lo diga, es que ellos, los policías que estaban en mi contra, querían que me volviera mala, que les odiara y que diera una respuesta a modo de odio para tener una excusa para atacarme. Pero no lo consiguieron.

Foto de portada: © Carmen Barrios Corredera.

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