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“Lo llaman viticultura heroica porque es dura, pero es necesaria para no perder un patrimonio histórico vivo”

Laura Lorenzo, viticultora en la Ribeira Sacra

La vida la llevó a vivir al remoto Val do Bibei, en la Ribeira Sacra (Ourense), un lugar muy aislado en el que la orografía es tan dura que a la producción de vino se la conoce como viticultura heroica. En 2014 Laura Lorenzo, tan recia y agreste como la tierra en la que se instaló, comenzó a comprar viñedos centenarios abandonados y, en contra de todos los que le dijeron que era una locura, fundó su bodega en un callejuela de Manzaneda, una aldea casi despoblada. Hoy, DaTerra Viticultores produce hasta 15 variedades de vinos y comercializa 35.000 botellas al año que se venden a gentes de todo el mundo que no solo aprecian sabor sino también sus raíces

¿Cómo llegas a este lugar tan remoto?

Llegué a Manzaneda para trabajar en Dominio de Bibei, una bodega que comenzaba en un proyecto nuevo de recuperación de bancales olvidados en el año 2004. Estuve hasta el año 2013, y en el 2014 decidí llevar a cabo mi propio proyecto y expresar esta tierra a través de los vinos. Por casualidad y por falta de relevo generacional, comenzamos a comprar viñas de viticultores que producían para consumo propio.

“El nombre es un homenaje a los hombres y mujeres que cultivaron estas viñas a lo largo de los años y que pusieron en mis manos el legado de estas tierras”.

Y por qué el nombre DaTerra Viticultores.

El viticultor es de la tierra, nosotros somos de la tierra, cuando decimos soy de la tierra es que eres del país, eres gallego. El nombre es un homenaje a esos hombres y mujeres que cultivaron esas viñas a lo largo de los años y que pusieron en mis manos el legado de estas tierras. Para mí, fue una oportunidad de acceder a unos viñedos viejos, algo muy difícil en todas partes del mundo, y para ellos, la ocasión de no verlos abandonados.

¿Fue fácil convencerles de que te vendieran sus tierras?

No lo hicieron por dinero. Podrían habérsela vendido a otro pero querían vendérmelas a mí, porque cuando hablo con ellos les hago sentir que siguen siendo suyas, aunque yo sea titular y haya pagado. Soy su vecina, no el rico que viene una vez al año. Ellos no hablan con el encargado, hablan conmigo. Prefieren venderme las uvas a mí que a una bodega grande.

No vienes de familia de viticultores. ¿Cómo llegas al mundo del vino?

Al acabar el instituto sabía que no iba a estudiar, me enteré de que había unos estudios de enología y allí que fui. Mi familia tiene algunas tierras de cultivo, pero cuando empecé a comprar estos viñedos, mi abuela decía que me estaba gastando el dinero en tierras en las que me pasaba el día limpiando piedras y palitos. Les costó entenderlo.

Buena parte de los vinos que produces forman parte de lo que se conoce como viticultura heroica. ¿Puedes explicarnos el concepto?

Se practica donde es difícil el acceso a las viñas. Nos llaman héroes porque cultivamos en las laderas de las montañas escarpadas, de difícil acceso, y todo el trabajo es muy manual, nada mecanizable. Es un trabajo de héroes y heroínas porque todo se hace a mano.

Y tú sientes que tu labor con estas viñas tiene esa parte heroica…

Un poco heroica sí. Y un poco de locos. Pienso que valdrá la pena siempre y cuando este proyecto llegue a tener un relevo generacional también. Si no, todo esto no habrá servido para nada. No es un proyecto que tenga un interés económico en sí, porque para ganar dinero hay que dedicarse a otra cosa o a hacer vino de otra manera. Así que sí, creo que sí tengo un poco de heroica, pero que también es necesario, de lo contrario estaríamos perdiendo un patrimonio histórico vivo.

Que estaba a punto de desaparecer cuando llegaste.

Sí. Cuando llegué solo quedaban en la zona viticultores muy pequeños y muy mayores, de 70 y 80 años, que seguían manteniendo ese cultivo, porque se iba a perder.

Cuando llegué tenía veintipocos años y un aspecto un poco extraño, con crestas, pantalones caídos… y este era un oficio de hombres. Pero me gané su respeto con mi trabajo”.

Hasta hace poco el mundo del vino era muy masculino. ¿Has tenido alguna dificultad por el hecho de ser mujer.

Siempre me he ganado el respeto de los hombres. Cuando llegué tenía veintipocos años y un aspecto un poco extraño, con crestas, pantalones caídos… y este era un oficio de hombres. Pero me fui ganando el respeto porque trabajaba mucho y bien.

El máximo valor de mis vinos es el lugar de origen y lo más sincero era elaborar vinos en función de ese origen”.

¿Qué dificultades tiene sacar adelante un proyecto como este?

Llevar a cabo un proyecto como este en un lugar tan apartado como este en el que ya se perdió tanta cultura es muy complejo, pero tiene una complicación añadida, es un proyecto que no interesa al sistema. El sistema quiere que cojas las tierras, que diseñes nuevas plantaciones, que se abandone lo viejo, que se mecanice absolutamente todo y que se mezcle todo. Con estos viñedos, podríamos haber recogido la uva, haberla mezclado toda y hacer un vino. Pero pensé que el máximo valor era el lugar, el lugar de origen, ese pedazo de tierra que es un bien que está ahí inmóvil, y no lo puede comprar ni vender nadie. Lo más sincero era elaborar vinos en función de ese origen.

Tus vinos se exportan a todo el mundo, ¿no?

Sí. Son vinos que hay que explicar un poco porque no tienen el color que se espera, un blanco no es un blanco es más naranja y más potente, el tinto no tiene esa estructura habitual. Pero gracias a que hay un montón de gente en el mundo interesada en el agricultor y lo que hay detrás de lo que consumen, yo puedo venderlo todo.

La serenidad y tranquilidad que te da el trabajo con la tierra, lo compensa absolutamente todo”.

Manzaneda es una aldea pequeña y despoblada. ¿Tiene un coste personal, de pareja, familia, vida social, una profesión como la tuya?

A veces es duro estar aquí porque estás mucho tiempo sola. A mí me gusta mucho la soledad, pero echas en falta cosas que tiene la gente en la ciudad. Por otro lado, la serenidad y tranquilidad que te da el trabajo con la tierra lo compensa absolutamente todo.

“Solo aspiro a que estos vinos consigan trasladar la identidad de un lugar y que yo pueda interpretar ese paisaje”.

¿Qué esperas de tu bodega?

Simplemente poder vivir tranquila, que sirva para vivir sin ahogos los que trabajamos en este proyecto. Que estos vinos consigan trasladar la identidad de un lugar y que se pueda continuar con ese cultivo y que yo pueda interpretar ese paisaje. No quiero ser rica, simplemente que esto dé para vivir a las familias que participen.

Es duro, pero esa dureza te compensa porque hay una belleza añadida y no es solo el vino, la uva que consigues, sino donde está enmarcado ese lugar”.

¿Qué relación tienes con la tierra?, ¿te ves siendo viticultora en otro lugar?

Hay un montón de lugares en los que no podría ser viticultora. Me gusta mucho esta zona porque la orografía es muy diversa y muy cambiante. No hay nada constante, es muy diferente el fondo de una ladera que la parte alta, si tiene orientación norte o sur, un suelo de arcilla y pizarra que uno de arena….  También está la diversidad varietal, en un mismo viñedo tienes todas la variedades mezcladas y todo eso hace que sea divertido. Cuando yo me imagino en un viñedo con filas, espalderas y hectáreas, me genera ansiedad, te pones a trabajar en una fila y todo llano, siempre el mismo paisaje.  A mí me gusta esto, es duro, pero esa dureza te compensa porque hay una belleza añadida y no es solo el vino, la uva que consigues, sino donde está enmarcado ese lugar. Fueron sus gentes quienes quisieron que yo haga este relevo generacional, si estoy aquí, en este sitio tan difícil, es por algo.

Un consejo para una chica joven que quiera hacer algo así.

Cualquiera puede llevar a cabo un proyecto así. Tienes que querer. Pero necesitas una inversión económica potentísima. Al principio tienes que contar con personas que te ayuden, conseguir uvas y cultivar algo y buscar una bodega que te deje hacer tu vino y vas probando. Si no quieres montarlo de forma industrial, no encajas en las subvenciones y no vas a encajar en nada, pero si eres nuevo, tienes muchísima fuerza. Si alguien quiere, sí que puede, aunque necesitas un montón de gente que se emocione con lo que estás haciendo y te preste una bodega, pero es posible todo.

¿Qué sientes cuando estás en la tierra con estas viñas?

Cuando después de unos años de trabajo de abonados, de regeneración de los suelos, ves que la vida vuelve a lo que antes era estéril, dices, ostras, menos mal. La tierra te agradece el trabajo, es mucho más agradecida que las personas, y cada acción buena que haces tiene esa recompensa. Eso te reconforta.

Laura Lorenzo, viticultora heroica en la Ribeira Sacra, Galicia.

Fotos y video: © Ofelia de Pablo y Javier Zurita/Hakawatifilm para Indómitas.

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