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“El mundo no se te acaba nunca y hay sitios que cambian mucho de un año para otro”

Elena del Amo, periodista de viajes

Viajera desde que tiene conocimiento, inquieta y curiosa, nunca deja de indagar más allá y ha convertido su pasión en una profesión. Un trabajo en el que parece que todo surge de forma muy natural pero que implica muchas horas de preparación.

El confinamiento le pilló recién llegada de la Antártida, uno de los viajes más singulares que ha hecho en su vida. Pero también recuerda otro en el que atravesó el Atlántico en velero durante tres semanas a cambio de hacer guardias nocturnas.

No lleva la cuenta de los países que ha visitado, pero sabe que son más de cien.

¿Cuándo empezaste a viajar?

Desde siempre me ha gustado mucho viajar. Y, cuando terminé el Bachillerato, aprovechando que tenía una tía en Francia, estuve seis meses viviendo en París, de ahí me fui a Suiza con un novio que me había echado, y luego estuve un semestre en una universidad alemana, en casa de otros tíos. A los 19 años comencé a trabajar como guía en Marruecos.

¿Y cómo empezaste en el periodismo de viajes?

Empecé a estudiar Imagen y Sonido y en segundo me pasé a Periodismo con algunas asignaturas pendientes. Una de ellas era Redacción periodística y para el trabajo final de curso teníamos que hacer el seguimiento de un medio de comunicación. Yo elegí la revista Viajar, que conocía vagamente, porque era mensual y de un tema que me interesaba.

Contacté con ellos, me enseñaron la redacción, hice mi trabajo con declaraciones del director incluidas y meses después me llamó el director y empecé como becaria. Luego pasé a ser colaboradora y más tarde me quedé contratada un montón de años hasta que me fui porque quería explorar cosas nuevas.

¿Cuál ha sido tu viaje más espectacular?

El último viaje que hice antes del confinamiento: a la Antártida. Volví el 5 de febrero de 2020. Fue algo realmente único, muy muy singular. Estuvimos un mes navegando por la Antártida en un barco ruso de investigación hecho polvo de los años ochenta. Fuimos por la parte de Nueva Zelanda, por donde fueron Scott y Amundsen, una parte a la que solo llegan 100 personas al año porque es una zona muy protegida. Solo podíamos ir 50 personas en el barco y podíamos desembarcar siempre que el viento y el mar lo permitieran.

Pasé casi todo el mes de viaje en cubierta, hablando con el pasaje, gente muy mayor, la mayoría australianos o neozelandeses que se gastan 30 000 euros por barba, por pasar un mes dando botes en un barco. Son personas que invierten en ellas y tienen historias personales increíbles. En eso pasé el tiempo cuando no había pingüinos, glaciares u otras maravillas que ver.

Sí que tuvo que ser increíble, sí.

Otro que me marcó; crucé el Atlántico en un velero de 18 metros con ocho personas. Fuimos desde Las Palmas, en Canarias, hasta El Caribe. Tres semanas navegando en mitad del océano. No fue un viaje de trabajo, los dueños buscaban gente amiga para la travesía porque necesitaban una mano con las guardias.

¿Con las guardias?

Sí, el barco va con el piloto automático, pero tiene que haber siempre alguien en cubierta y controlando el radar todo el tiempo. Por el día no había problema, pero por la noche teníamos que estar siempre en la cubierta dos personas pendientes del radar y de cualquier ruido o luz. No das crédito a lo que ves. En mitad del mar, te puedes encontrar contenedores flotando, lavadoras… y también un carguero, que es más grande y te traga. Al regresar, me saqué el PER, el título de Patrón de Embarcaciones de Recreo, pero me lo saqué en el pantano de San Juan, en Madrid, después de cruzarme el Atlántico en un velero (se ríe).

¿Viajas o has viajado sola?

He viajado sola, pero no me apasiona. A veces como mujer, según en qué países tienes limitaciones. En función del momento en el que te encuentres, puede estar muy bien viajar sola porque eres más permeable a conocer gente, acabas en situaciones divertidas y curiosas. Pero también es cierto que, como mujer, puede que tengas más problemas o que te encuentres con situaciones incómodas si te ven sola. Intento ser siempre muy respetuosa con las costumbres locales y mimetizarme lo más posible, sabiendo que hay sitios en los que eso es imposible, y que pocas veces dejas de ser percibido como un extranjero. Lo que sí diferencio es entre viajero y turista. Turistas somos todos pero es distinto ser turista que “turistón”.

Yo me considero turista. Viajeros hay muy pocos. El viajero para mí, es el nómada, el que no tiene billete de vuelta».

A ver cuéntame eso…

Yo me considero turista. Viajeros hay muy pocos. El viajero para mí, es el nómada, el que no tiene billete de vuelta. Otra cosa son las personas a las que yo llamo “turistón” y que son aquellas que no respetan las costumbres locales y van llamando la atención, y que apenas prestan atención a los países que visitan.

¿Viajas de manera diferente en los viajes de trabajo y en los viajes personales?

Totalmente. En los viajes de trabajo suelo viajar siempre con el mismo fotógrafo. La mayoría los organizamos nosotros. Busco sitios que me interesen a mí personalmente, que me descubran otras cosas. Generalmente salimos con algunos reportajes ya vendidos de antemano. En los viajes personales, voy más por la compañía que por el sitio. Si se organiza algún plan divertido con amigos, con gente a la que quiero, el lugar me da exactamente igual.

En los viajes personales me importa más la compañía que el lugar”.

¿Hay algún reportaje que quisieras hacer y que aún no has hecho?

Cuando me marché de la revista Viajar hice un máster de información internacional y países del Sur, porque me interesa mucho todo lo que ofrecen los países del Sur, o menos desarrollados o como los quieras llamar -que siempre andamos con eufemismos-. Encuentro que en esos países hay un montón de historias interesantísimas y que no interesan a los medios. Del Tercer Mundo, todo lo que traigas de barbarie, de guerras, de noticias catastróficas, te lo compran. Pero cuando quieres hablar de aspectos culturales interesantes de esos países, eso no interesa.

Hace años, fui a Kenia de safaris y tuve la posibilidad de entrevistar a una activista, que murió no hace mucho, Wangari Maathai, la primera profesora universitaria del país. Había creado una red de mujeres que plantaban y cuidaban árboles. Tenían unos viveros y daban los plantones a las mujeres para que trabajaran en la repoblación como medio de vida. Consiguieron reforestar zonas brutalmente desertificadas. Se llama Green Belt Movement (Movimiento del Cinturón Verde) y se había exportado a un montón de países con problemas de desertificación.

Le propuse la historia a un medio con el que trabajaba mucho en esa época. Me respondieron “es una negra que tiene viveros”. Para no hacerla perder el tiempo, no la entrevisté. Al poco tiempo le dieron el Nobel de la Paz por su tarea pionera, por su contribución al empoderamiento de las mujeres y de la defensa del medio ambiente. Me decepcionó.

Cuando viajas, ¿consideras que te favorece ser mujer en la aproximación a la gente?

Depende mucho del destino. En algunos sitios ser mujer te favorece porque puedes acceder a partes a las que un hombre lo tendría difícil, como las casas y ámbitos más familiares, te abren más las puertas, porque no eres sospechosa de ser peligrosa o intrusiva. En otras partes, que estés sola en un sitio puede verse como algo inapropiado y resultar incómodo. Creo que nada es absolutamente perfecto; te favorece en algunos aspectos y en otros te perjudica.

Y como periodista de viajes, ¿notas diferencia?

Creo que en esencia no cambia gran cosa, pero sí noto que en los medios serios nos tratan por igual, pero en medios no tan serios los hombres que escriben mal, publican y las mujeres que escriben mal, no. Y no lo digo por mí, porque siempre publico lo que tengo apalabrado, pero hay todavía mucho machismo y se favorece al hombre, porque mantiene una casa, una familia, y a las mujeres nos mantienen. La criba se hace distinta, se hace por quién lo escribe y no por cómo está escrito. No sucede en todos los sitios, pero pasa.

¿Cómo vive una persona viajera el confinamiento?

Hacía treinta años que no pasaba tanto tiempo en casa. Estoy deseando volver a la normalidad, por mi trabajo, porque trabajo muchísimo menos. Y por lo que implica, por mi entorno y por toda la humanidad.

Pero a mí no se me cae la casa encima. He viajado tanto, tanto, que en un año en casa, con muy poca vida social, no he echado de menos viajar.

Has sido guía. ¿Qué país recomendarías?

Eso depende. Depende de la persona y de cómo le gusta viajar y su respeto por viajar. Todo tiene su público. Recomiendo por ejemplo Estambul, en Turquía. Me parece un sitio al que hay que ir, como Nueva York, de estos sitios que tienes que ver porque tiene muchas capas. Nunca te lo acabas. Tiene tanta civilización detrás que es un sitio brutal. La última vez que estuve, fui a una iglesia armenia en la que nunca había estado y, de repente, me encontré con cinco personas más y los popes cantando en griego. Una cosa flipante.

En todos los viajes descubres algo.

A Marruecos le tengo amor absoluto desde hace ya treinta años y cada vez que voy, y he debido estar como doscientas veces, me sorprende. Mi último descubrimiento ha sido Tetuán; tiene una ciudad colonial como no la hay en todo el norte de África. Y la Medina es, junto con la de Fez, Patrimonio de la Humanidad. Y no hay turistas.

¿Trabajas también con la agencia de viajes Focus on Women?

Sí, justo el primer viaje que he hecho al extranjero tras el confinamiento ha sido a Pakistán, con la dueña, Alice Fauveau, para abrir una ruta nueva y armar el destino. Es una agencia que organiza viajes para mujeres, acompañadas de mujeres que conocen bien el país, como Rosa María Calaf en Japón y Corea, por ejemplo, En el destino se organizan encuentros con empresarias, escritoras o artistas locales. Te acerca un poco más a la realidad del país que en un viaje convencional.

Me gusta más volver a los sitios que descubrir sitios nuevos. Porque los ves ya con otros ojos».

Algún sitio al que tengas muchas ganas de viajar.

Tengo muchas ganas de Etiopía, algunas zonas de Tanzania que no conozco, y Mauritania. El mundo no se te acaba nunca y hay sitios que cambian mucho de un año para otro. A mí casi me gusta más volver a los sitios que descubrir sitios nuevos. Porque los ves ya con otros ojos.

Es muy importante que la gente viaje…

Totalmente. A lo mejor soy optimista, pero creo que, con todo lo depredador que es el turismo mal gestionado, si uno va con la mente un poco abierta puede comprender mejor muchas cosas. Cuando era guía y trabajaba en Marruecos, me desvivía para que los viajeros salieran enamorados de la gente de allí en una época en la que «los moros” daban miedo. Hay sitios a los que les preceden unos prejuicios definitivos, pero vas y ves que visten distinto, y que lo que les importa es que su familia esté bien, que sus hijos estudien, llegar a fin de mes. O sea, las mismas cosas que a ti. Ya tienes otro criterio para decodificar un poco las informaciones que te llegan.

Es importante escribir respetando mucho al lector y darle algo que se veraz y original”.

Un consejo para una joven que quiera ser periodista de viajes.

Que lea y escriba mucho. Es un mundo en el que es difícil entrar y ganarte la vida, pero al final se consigue. Y que viaje: a lo mejor no se va a pagar un viaje a Mongolia, pero puede pegarse un viaje alucinante a la vuelta de la esquina, que te cuesta dos duros. De lo que se trata es de mirar y de sacarle lo mejor al sitio, entrenar, entrenar, y entrenar. Escribir mucho, leerlo y decir “quítale adjetivos, quítale el “exuberante”, quítale el “marco incomparable”, que es lo primero que te sale y lo vas puliendo. Y, como en cualquier tipo de periodismo, respetando mucho al lector. Me parece fundamental darle algo que sea veraz y que sea original.

¿Te consideras indómita?

Yo no me siento indómita, pero creo que debo serlo un poco. Llevo tantos años viviendo un poco a salto de mata que para mí es normal esta vida poco convencional. Indómita, sí, pero no temeraria. Pasar miedo no tiene ninguna gracia. Intento no ponerme en situaciones arriesgadas a lo tonto. A mí el mar me da pánico y en una piscina de noche no me meto porque empiezo a oír la música de Spielberg en Tiburón. Pero me he cruzado el Atlántico en un velero y lo volvería a hacer de mil amores porque no es temerario, vas con gente que sabe lo que hace, y es maravilloso.

“Pues eso es indómito”, le digo.

Fotos: © Elena del Amo.

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