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«La primera vez que vi un tiburón, me explotó la cabeza»

Acaba de cumplir los treinta años y ya ha dedicado un tercio de su vida a nadar en compañía de tiburones. Tras largas horas bajo el mar estudiando el comportamiento de todo tipo de escualos, animales de los que se enamoró en la adolescencia, hoy es una de las grandes expertas en el comportamiento de estos depredadores tan temidos. Ha tenido que luchar en un mundo en el que apenas había mujeres, pero en la actualidad son muchas las chicas que se matriculan en Ciencias del Mar en Canarias porque quieren ser como ella. Gador Muntaner (Barcelona, 1991) vive en La Paz, México, un paraíso para tiburones. Y tiene dos sueños: lograr más áreas marinas protegidas y seguir buceando hasta que el cuerpo aguante.  

 

¿Viene de familia tu pasión por el mar?

Mi familia paterna es de Mallorca y está muy vinculada al mar, mi abuelo tenía un barco. Desde que estaba en la barriga de mi madre he pasado todos los veranos allí. No sé a cuándo se remonta mi primer recuerdo de amor por el mar, pero yo siempre estaba haciendo snorkel, con las gafas y las aletas y la única forma de sacarme del agua era amenazándome con no darme de comer. 

Y tu amor por los tiburones, ¿dónde nace?

Siempre estuve muy pendiente de todo lo que había en el mar, quería ser buceadora antes incluso de tener la edad legal para iniciarme. Cuando tenía 15 o 16 años, mi madre, que llevaba varios años sin tomarse vacaciones, me dijo que iríamos donde yo quisiese, así que busqué un sitio con centro de buceo y elegí Maldivas. Y ya no me pudo decir que no. Allí vi mi primer tiburón y sentí que me explotaba la cabeza. Antes del viaje sabía que podríamos encontrarnos con tiburones y sentía fascinación y miedo a la vez, la semana antes estuve soñando que me comían. Pero vi un bebé tiburón de puntas negras y me impresionó. Él estaba más asustado de mí que yo de él y me di cuenta de que no tenía miedo ni estrés, sentí una relajación absoluta y mucha paz. Eso me hizo obsesionarme con ellos. 

La apnea y el buceo son los estados de contacto con la naturaleza más profundos que hay».

¿Qué tiene el tiburón para provocar semejante estado?

Es un animal que da mucha paz, nada muy tranquilo, tiene un nivel de perfección que me cuesta ver en otros depredadores de la naturaleza. Llevan 400 millones de años en el planeta, han sobrevivido a los dinosaurios, lo cual dice mucho de su diseño, han adquirido tantas formas, tiburón martillo, el blanco, son todas impresionantes. Aquel instructor de las Maldivas me hizo el gran regalo de hacerme sentir esa pasión que hay debajo del agua. La apnea y el buceo son los estados de contacto con la naturaleza más profundos que hay. Y pensé que yo quería dar a los demás lo que me había dado ese hombre, así que me hice instructora de buceo. 

Pero también estudiaste Ciencias del Mar. 

Eso me costó un poco más. Mi madre tiene una farmacia en Barcelona que va muy bien, soy hija única y todos esperaban que yo siguiese con ella. Acabé sucumbiendo a la presión social y familiar y me matriculé en farmacia. Todos los veranos entraba en crisis, me preguntaba si era eso lo que yo quería hacer de verdad. Un día, en tercero, camino de un examen, me di la vuelta y le dije a mi madre: “se acabó, no quiero seguir con esto”. Te puedes imaginar la crisis familiar, me decían “tómate unos meses, si estudias Ciencias del Mar te vas a morir de hambre, puedes trabajar en la farmacia y gastarte el dinero que ganes en bucear…”.  Mientras me lo pensaba, trabajé en Decathlon durante unos meses y, con lo que gané, me compré un billete a Tailandia y me fui sola de mochilera, lo que me sirvió para coger fuerza para todo. Cuando eres hija única vives bajo el cobijo infinito de tu familia, pero en Tailandia, a los veinte años, supe que podía espabilar, me compré un vuelo barato sin saber dónde iba a dormir cada día y me di cuenta de que podía hacer lo que me propusiera. Y a la vuelta decidí ir a Canarias a estudiar. 

¿Y ya han aceptado que hicieses Ciencias del Mar y te dedicases al estudio del tiburón?

Al principio lo llevaban mal, decían que ya me habían apoyado con lo de Ciencias del Mar y no entendían por qué elegí un animal tan peligroso, como que ya vale de disgustos. Al final, cuando te ven con las ideas tan claras, tu familia te apoya. La única parte dura de este trabajo es estar lejos de mis padres. Vienen todos los años y al final los he arrastrado a mi mundo, mi padre aprendió a bucear a los 68 años y le encantan los tiburones. Cuando viene y le digo “mañana vamos a ver ballenas”, me dice, “vale, pero no te olvides de los tiburones”. 

¿Por qué tienen tan mala fama?

Los tiburones son depredadores, eso es una realidad, tienen potencial para hacer mucho daño en su hábitat. Lo que no es cierto es que nosotros formemos parte de su menú. Ha sido siempre un animal poco conocido y objeto de grandes espectáculos, como las pelis de Spielberg, que muestran ataques de tiburones muy llamativos. Hay animales que matan mucho más que los tiburones. 

¿Has tenido algún momento de pánico junto a ellos? 

No, nunca. Todo lo contrario, me dan paz. Alguna vez he tenido un momento de estrés, porque había comida de por medio, y en esos caos tienes que tener mil ojos y toda tu atención puesta en cada ángulo, cada trocito de agua que te rodea y eso consume mucha energía y es cansado. 

«No es cierto que nosotros formemos parte del menú de los tiburones».

Ahora vives de estudiarlos.

Ahora hago miles de cosas a la vez, vivo entre México y España, seis meses en México y seis meses donde surge. En los últimos años estuve haciendo investigaciones sobre movimientos y migraciones de tiburones y también del efecto de los pesticidas en el tiburón blanco. Uno de esos estudios fue mi tesis de máster. Además, junto con Rafa Fernández, fotógrafo submarino, hacemos expediciones con turistas que reciben un curso de fotografía y también aprenden sobre los aspectos biológicos de los tiburones. Es como la ciencia ciudadana, la combinación del turismo con la ciencia y la conservación. También tenemos un proyecto, OrgCas, que reúne a once mujeres dedicadas a la conservación marina desde la que trabajamos mano a mano con una comunidad de pescadores de tiburón que solo saben hacer eso. Ellos nos enseñan a leer el mar, nosotras con nuestros estudios no tenemos ni el 1% de su conocimiento. Y en meteorología son impresionantes, mejores que cualquier aplicación del tiempo. Por nuestra parte, les hablamos del ecoturismo como modo de vida, les mostramos que un tiburón vivo les va a dar más dinero que uno muerto, que van a ganar más si salen con una barca de turistas a ver tiburones que a pescarlos. De momento es positivo, aunque es difícil, son comunidades que viven en pueblitos pequeños de diez familias. A veces el hecho de que seamos mujeres cuesta un poco, pero está fluyendo bien, es un aprendizaje mutuo. Hemos incluido también a las mujeres, ellas hacen la comida de los turistas, les enseñamos a ser guías. 

¿Y es posible el cambio de modelo? 

Tenemos ejemplos que ya funcionan, como el de las ballenas. Hace un siglo sacábamos provecho de ellas, pero ahora a la mayoría de la gente se le parte el alma si hablas de cazarlas. ¿Por qué? Porque nos hemos acercado a las ballenas y la gente las ve en vivo y desarrolla una empatía que hace que cambie su visión. A los tiburones les falta un poco de camino por recorrer en este sentido, hace falta mostrarlos más de cerca.

¿Qué aporta su presencia en los océanos?

Los tiburones regulan el ecosistema porque consumen todo lo que viene debajo de la pirámide alimentaria. Si los aniquilamos vendrán otros depredadores y será peor, porque desaparecerán otras especies. Es parecido a lo que ha pasado con el lobo en tierra, si los quitas se produce un efecto en cadena de cambio en toda la pirámide. Además, son los doctores del mar, se comen al más débil, que suele ser el enfermo, y eso evita que se propaguen enfermedades. 

Con esta profesión te será difícil volver a España.

Siempre le tienes especial cariño al mar en que naciste. Tengo bastantes esperanzas de poder volver. El Mediterráneo fue la meca del tiburón blanco, pero con la sobrepesca y la entrada tan cerrada que tiene el mar, nos lo hemos cargado. Pero cada vez hay más. También en el País Vasco ya se puede ver tiburón azul o tintorera y hasta nadar con ellos. Si sales en verano tienes un 90% de posibilidades de avistamiento. 

¿Cómo te imaginas dentro de cuarenta años?

Ojalá con 70 años pueda hacer más por los océanos. A menos que me estallen los tímpanos, seguiré buceando. Algún día me gustaría tener mi propia ONG, para hacer algo más por España y poder llegar a un nivel más gubernamental en el cambio de leyes y protección de áreas, es necesario proteger más superficie de océanos. Nosotros como científicos tenemos las herramientas para demostrar por qué es necesario proteger. Uno de mis estudios sirvió para lograr que el archipiélago de Revillagijedo, en el Pacífico, fuese considerado patrimonio de la Unesco. 

Eres una de las pocas mujeres oceanógrafas en España. ¿Quiénes son tus referentes? 

Sylvia Earle, por supuesto, y Cristina Mittermeier. Y también Cousteau, claro, con sus luces y sus sombras, teniendo en cuenta que eran otros tiempos. Su espíritu aventurero te hacía soñar y gracias a él hoy nos dedicamos a esto. Lanzó un mensaje muy potente, “solo se protege lo que se ama, solo se ama lo que se conoce”. 

La ciencia y los tiburones también son cosas de mujeres».

Tú eres ya un referente para las más jóvenes. 

Cuando yo empecé éramos pocas, sí, pero ahora me dicen los profesores de la Universidad de Canarias que las nuevas alumnas llegan diciendo que quieren ser como yo. Para la generación joven soy un referente y nada me puede hacer más ilusión.  

¿Te ha costado más llegar hasta aquí por ser mujer?

Sí, mucho más, pero para mí ha sido un reto, me ha empujado más. En mi caso me ha dado más fuerza, este es un campo en el que todavía predominan lo hombres. Escuchas cosas como que yo no puedo tomar muestras para las biopsias porque no tengo fuerza y te dicen que dejes que lo haga el compañero y tú ya lo analizarás en el laboratorio. Pero es que el compañero lo hace mejor no porque sea más fuerte, sino porque lleva más tiempo haciéndolo y al principio también lo hacía mal. 

¿Algún consejo para esas estudiantes que se matriculan ahora?

Que aquí tienen el ejemplo de que puede pasar, que se pongan retos, porque en todo se necesitan las dos partes, el mar nos necesita; la ciencia y los tiburones también son cosas de mujeres. No me gusta generalizar, hablo de lo que yo he visto, pero nosotras somos más intuitivas y los hombres más resolutivos a nivel práctico. En mis estudios he aportado ideas y perspectivas que no se habían visto antes, pero he tenido más dificultades en algunos trabajos físicos, como la extracción de muestras para biopsias. 

Cuando pasas tantas horas bajo el agua, ¿queda tiempo para llevar una vida familiar, de amigos, de pareja?

Mi compañero se dedica a lo mismo, llevamos trabajando juntos varios años y es una suerte porque poca gente entiende esta vida. 

¿Qué es lo que más urge ahora para salvar los océanos?

A corto plazo, crear más áreas marinas protegidas, el mar nos lo cargamos muy rápido, pero también tiene una capacidad de regenerarse muy rápida. A largo plazo, educar al mundo sobre la importancia que tiene el mar, no solo porque es bonito y tiene animales. El azul importa también. Tenemos que vivir de cara al mar y no de espaldas, nos hemos construido unas rutinas en tierra que parece que somos independientes del mar. Hay que cambiar la costumbre alimentaria que tenemos, volver a comer como comían nuestros tatarabuelos, lo que hay en la zona y está de temporada. No puede ser que quieras comer fresas o rodaballo los 365 días del año estés donde estés. 

¿Tu mejor momento en el mar?

¡Es difícil elegir! Todos son especiales y únicos, pero recuerdo con mucho cariño la primera vez que vi un tiburón blanco, el protagonista de todas las películas, el que tiene peor fama. Al verlo se me saltaron las lágrimas de lo precioso que era y de lo diferente que era su mirada respecto al concepto que yo tenía. También me impresionaron su tamaño y majestuosidad, eran imponentes. Creo que es mi especie favorita. 

Retratos © Rafa Fernadez.

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