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El poder de las historias

Silvia Oviaño
 
Cena en familia, un martes cualquiera, antes del confinamiento. Mi hija mayor tiene que hacer un trabajo sobre el Sáhara Occidental para el colegio. Yo cuento que hace unos 25 años viajé a Tinduf con un fotógrafo para hacer un reportaje sobre la situación de los campamentos saharuis. “¿Y qué escribiste?.Nada”, le respondí.

“Justo ese día estalló una revuelta en el país: los argelinos estaban indignados por la invasión de Irak por parte de Estados Unidos y el aeropuerto estaba tomado por cientos de hombres que salían hacia el Golfo para luchar contra el enemigo yanqui. A pesar de las gestiones del Frente Polisario y la embajada española, no nos dejaron entrar en el país. “Para garantizar nuestra seguridad”, nos dijeron. Aún recuerdo el rugir de los combatientes gritando “Alá es grande” desde la pista de aterrizaje. Yo no podía verlos, pero el sonido era estremecedor y uno de los policías que nos vigilaba nos avisó de que, si se enteraban de que había periodistas occidentales y venían a por nosotros, él no se iba a enfrentar a la muchedumbre. Glups.

Tras varias horas de despegue de aviones y bramidos contra el infiel, el aeropuerto se cerró y nos quedamos más tranquilos. Mi compañero y yo nos negamos a entrar en el mugriento calabozo y pasamos la noche en la sala de embarque vigilados por la policía. No seríamos más de seis personas en todo el recinto y al alba, tan aburridos como estábamos todos, nos pusimos a jugar a pídola. Acabamos intercambiando lecciones de francés, árabe y español y a las 6 de la mañana nos trajeron zumo de naranja y donuts. Al atardecer nos metieron en un vuelo a Madrid. Y ahí se acabó todo. Bueno, antes vino el responsable de la embajada española, que llegó cuando yo me había quedado dormida y me despertó con unos golpecitos en el hombro. No lo olvidaré nunca, el hombre tenía un ojo de cristal y tardé unos segundos en entender quién era y qué hacía allí. Debió sentir tanta pena por nuestra frustada experiencia, que muy amable nos regaló una bandeja de dátiles para que no nos fuésemos con las manos vacías. Ahora sí, fin de la historia”.

Mi marido se queda callado unos segundos y me dice “¿Por qué no me habías contado eso nunca?”. “No lo sé, quizá quise olvidar un fracaso profesional”, contesté. Una de las niñas apunta con retintín adolescente, “mamá, si no cuentas tuuus aventuras, es como si no las hubieses vivido».  «¿Aventura? No sé si llega a tanto,» contesto. «Hombre, claro que lo es, pero tienes que creértelo.  Sacúdete esa modestia», contesta mi marido. 

Al alba, aburridos como estábamos todos, nos pusimos a jugar al pídola con los policías que nos custodiaban».

El momento

Primavera del confinamiento: tras unas cuantas semanas encerrados, hemos logrado tener rutinas laborales y de vida familiar. La vida se reparte entre las reuniones de trabajo online, pelis, cocinar en familia  y juegos de mesa. No estamos mal, pero yo tengo más ganas que nunca de salir al aire libre. Quiero pasear por bosques y prados tremendamente verdes bajo cielos tremendamente azules. Me imagino en el mar, navegando en un velero (cosa que solo he hecho una vez en mi vida, no os vayáis a creer) o rapelando en los picos de Europa. En mis sueños desciendo un río tropical en canoa o me lanzo en parapente. El encierro produce delirios y el deseo de acción y aire libre es tan fuerte que no puedo pensar en otra cosa.

Y es cuando Indómitas, el proyecto que habíamos ideado Pilar, Isabel y yo unos meses antes, una plataforma de contenidos y un festival de mujeres aventureras, comienza a coger forma. Busco en la red aventureras/pioneras/mujeres valientes españolas. Para mi sorpresa, prácticamente todo lo que encuentro se refiere a heroínas de siglos pasados, grandes referentes con historias magníficas, pero que por desgracia no pueden contarnos ya sus historias. Y yo quiero relatos de ahora, de mujeres reales, que mis hijos sepan que ahí fuera hay muchas chicas y señoras que están arriesgando y dándolo todo por hacer lo que les gusta. Por cumplir su sueño. Quiero que tengan modelos cercanos de gente a las que mueve la pasión y que dan un paso adelante. Desde hace siete años, dirijo en A Coruña un festival sobre el océano y quiero hacer algo parecido sobre mujer y aventura. Quiero sentarme a escuchar cuentos trepidantes. Pero parece que a las aventureras de hoy en día hay que buscarlas con lupa. 

«Un buen relato emociona y la emoción provoca acción»

Entre esos días de encierro y el momento en que dimos al botón de publicar nuestra primera historia y comunicarlo en redes, pasan siete meses de reuniones, búsquedas, llamadas de teléfono, lecturas, más reuniones, dudas, definiciones y redefiniciones de estilo, tono, mensaje, diseño gráficoY la inversión de mucho tiempo y dinero para lograr ser lo que queremos ser: una plataforma de contenidos donde encontrar historias de aventureras de nuestro tiempo, entendiendo como aventura aquello que implica pasión y riesgo, sea cruzar el océano a remo en solitario o montar una empresa de finanzas empezando de cero. Queremos hablar de aquellas que abren brecha, rompen moldes y dejan la puerta abierta para las que vienen detrás. Sus historias no son fáciles de encontrar, quizá porque como yo hice con mi noche en el aeropuerto de Argel, no las han contado nunca. Las mujeres solemos ser más discretas y modestas que los hombres (recuerdo que el fotógrafo con el que viajé se pasó horas enganchado al teléfono de la redacciócontándole a sus amigos nuestra odisea) y es hora de provocar un cambio.  Así que ponemos en marcha Indómitas para recopilar todos esos grandes relatos de hoy, que sirvan de referentes a las jóvenes que quieren emprender aventuras y que sirvan a las que en su momento dejaron pasar oportunidades pero que aún sueñan con dedicarse a aquello que les gusta. Porque nunca es tarde para descubrir el salto en paracaídas o montar una empresa de tornillos.

Equipo indómito

Las tres miembros del equipo, Pilar, Isabel y yo misma, nos hemos forjado en el mundo de la comunicación y la cultura, lo que hace que creamos en el poder de las historias. Un buen relato tiene la capacidad de emocionar y la emoción lleva a la acción; una buena historia transforma. Entre las tres atesoramos miles de historias contadas en muy distintos formatos; reportajes, entrevistas, ensayos, novelas, obras de teatro, exposiciones, talleres. Sumamos años como corresponsales de agencias internacionales, enviadas especiales al lugar de la noticia y trabajo de campo en zonas de catástrofe. Y además, tenemos el arrojo del emprendimiento: lanzarse a montar, en plena pandemia, una empresa en la que una de sus patas es un festival no es aventura fácil. 

Nuestra vidas personales también acumulan decenas de viajes por desiertos, ríos navegados, océanos cruzados para emprender una nueva vida, unas cuantas mudanzas a otros países, parejas de otros continentes y un puñado de hijos. Pero, a pesar de todo, y puede sonar a tópico, yo creo que no hay mayor aventura que levantarse cada mañana con ganas de seguir pasándolo bien. 

Y ese es el espíritu que queremos trasladar a Indómitas: el de las mujeres que se levantan cada día para vivirlo como si fuese el último. Son ya muchas las valientes que nos han contado su trayectoria y cada una de ellas nos ha emocionado por su valor, su arrojo, su sinceridad Pero también por su alegría, su honestidad y su entusiasmo.

Mineras, periodistas, abogadas, ingenieras, deportistas, científicas, ganaderas, bomberas, pilotos de helicóptero, empresarias Algunas de ellas viven de su pasión, para otras el objetivo es acabar viviendo de ella. Todas tienen algo en común, el convencimiento de que, si al final no alcanzan su meta, habrán disfrutado del viaje. Lo habrán intentado. Son historias tremendamente inspiradoras que merecen ser contadas. Porque la superación llama a la superación. Y seas empleada de banca o policía de los cuerpos de élite, la vida es una aventura. Lo importante es que la cuentes. Y cómo la cuentes. Las historias que no se cuentan, no existen.

«Contamos historias de mujeres valientes que se lanzan a cumplir sus sueños»

 

Fotos © Silvia Oviaño