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Almudena Bernabéu, la abogada española que defiende la justicia universal

Almudena Bernabéu,
abogada experta en justicia internacional

Vive en Estados Unidos desde hace 26 años. Llegó sin apenas saber inglés y con poca experiencia como abogada. Hoy es una de las grandes expertas en Derecho Internacional. Almudena Bernabéu ha litigado contra el dictador chileno Pinochet, el guatemalteco Ríos Montt y contra los militares que asesinaron a lo jesuitas españoles en El Salvador. En estos momentos prepara un caso contra la cúpula militar siria por el asesinato de un español.

¿Cómo llegas a ser abogada de derecho internacional?

En realidad, anécdota tras anécdota. Yo trabajaba en Valencia en un despacho de derecho mercantil, que no me gustaba nada, y tenía un novio americano que no tenía permiso de trabajo. Era la España de 1984, en la que no había legislación. Me fui a hacerle los papeles a la oficina de extranjeros y me encontré con una cola larguísima de latinos y gente de los Balcanes. Esperé horas viendo a gente con niños y aquello me conmovió. Cuando me tocó el turno, le pregunté a los abogados si necesitaban ayuda y empecé a ir de voluntaria todos los días después de trabajar.

“Tenía el deseo de cambiar cosas que no están bien“

Almudena BernabÉU

Cuando comenzaste, ¿llegaste a imaginar que estarías en alguno de los casos tan importantes que has estado?

Jamás. Es que en aquel entonces el Derecho Penal Internacional no existía ni como disciplina académica. Yo tenía el deseo de cambiar cosas que no están bien. Al derecho internacional llegué por mi trabajo con inmigrantes y refugiados. Me vine a Estados Unidos por mi novio y aquí la única posibilidad de trabajo era como abogado de inmigración en Estados Unidos. San Francisco había sido ciudad de acogida durante las guerras de El Salvador y Guatemala y muchos de los exiliados de Chile pasaron por aquí, así que había una buena escuela en estos temas. Había mucha gente de Centroamérica, estaba muy caliente lo de Salvador y empecé a colaborar con el Centro de Justicia, donde se defendían estos casos y ahí fue cuando empecé a meterme en problemas.

¿En qué sentido?

Quizá sea la condición de inmigrante, que te hace quitarte los miedos que traes de casa, quizá un poco de arrogancia, pero decidí unir lo que estaba viviendo en Estados Unidos con lo que se estaba haciendo en España. Vine a Madrid a explicar cómo se estaban haciendo las cosas en Estados Unidos, donde se estaban desarrollando acciones civiles muy bien hechas, con equipos híbridos de abogados de diferentes regiones y capacidades y experiencias, con firmas de abogados americanas que tienen mucho dinero y gente extraordinaria que trabajan en estos casos pro bono, gratis. En España eso se hacía de forma totalmente voluntaria, pero sin dinero, ni apoyo. Quería también que, en Estados Unidos, se entendiese la complejidad de la justicia de cada país y que se pasase al derecho penal, en vez del civil, para poder enjuiciar y meter en la cárcel a grandes violadores de derechos humanos y solicitar las extradiciones.

Al Centro de Justicia de San Francisco vinieron muchos exiliados chilenos a declarar voluntariamente contra Pinochet y enviar sus testimonios al juez Garzón. Cuando yo llegué, había carpetas y carpetas de declaraciones de estos chilenos que nunca se habían remitido a España. Y me fui a Madrid y contacté a los abogados titulares del caso. Conocí a los abogados del caso Adolfo Scilingo, un militar argentino de la ESMA que fue condenado por Garzón en lo que fue el primer juicio de la justicia universal. Había muchas mujeres que habían declarado ya, habían sido violadas, les habían quitado a sus hijos, pero ninguna quería hablar de violaciones. El equipo estaba formado por hombres de 50 años y ellas no querían hablar, así que uno de los abogados me pidió que hablase yo con ellas. Y eso fue el principio, ya no me dediqué a otra cosa.

¿Qué crees que tendría que cambiar en el ámbito judicial para para combatir la violencia contra las mujeres?

En el ámbito internacional la violencia de género ha evolucionado mucho, el tribunal Internacional para Ruanda se enfrentó de una forma masiva a ese problema. Ha habido mucha evolución y cambio de mentalidad, hay la idea de que un caso no es un caso igual de bueno si no hay esa cota de la violencia de género. En el ámbito nacional estamos fatal. En España la ley está, existe, pero mi impresión es que no ha habido cambios institucionales lo suficientemente profundos. Simplemente se ha legislado, pero no basta tener la ley, se necesita una segunda fase de implementación y, como no sea de abajo para arriba, en vez de arriba para abajo, a través de la educación, tú puedes pasar por treinta leyes y no cambiar nada.

“A mí se me han abierto puertas en España pero no creo que eso deje el camino allanado para las que vienen detrás»

ALMUDENA BERNABÉU

Diferenciarías el trato que recibes como mujer en el ámbito internacional si lo comparas con el trato nacional.

Sí, mucho. A mí se me han abierto puertas en España, pero no creo que eso deje el camino allanado para las que vienen detrás. En España no dejan que se te olvide que eres mujer, con el “qué guapa estás“ y todos esos halagos. A mí me gusta cuando estoy en La Haya o en Nueva York y cada uno habla de lo que sabe y llega un momento en que te das cuenta de que has cenado y tomado una copa con ellos y no has tenido la sensación de que eras mujer.

¿Cuál ha sido el mayor obstáculo que has encontrado para llegar aquí?

En Estados Unidos, la discriminación. Nunca eres una persona cien por cien americana. Por eso la lucha del pueblo negro es la lucha del inmigrante. La supremacía, el blanco como alguien superior, está instalada incluso en los ámbitos más liberales y progresistas. Incluso aún siendo abogada de éxito, lo sufres, en mi despacho me admiraban mucho, pero cuando llega el momento de promocionarte o de tomar decisiones muy sustantivas, siempre le toca al abogado o abogada gringa, porque ellos creen que lo saben mejor. Ahora mis socios son británicos y es aire fresco, se nota la base europea.

Y en España, la ajenidad. Es la tragedia del inmigrante, nunca vuelves a ser español. A pesar de que con el primer dinero que ahorras te compras una casa en el pueblo, te haces amiga del alcalde y eres voluntaria en dónde se te necesite.

¿Da miedo encararse a los peores criminales de nuestra historia?


Estos casos son muy largos y se genera una gran distancia. Más que miedo me produce angustia saber que tengo que escucharle. Me da vergüenza ajena oírles. Ellos se dan cuenta de que lo han hecho está mal, pero salen con la excusa de “yo no estuve allí”, a pesar de que hemos demostrado ante los jueces que sí estuvo, que ordenó, que acudió. Me da mucha vergüenza ajena y coraje.

¿Y miedo físico por ti? ¿Por la integridad de tu familia?

No. Algunas veces algún compañero me ha dicho “no digas esto que te pueden hacer daño“, pero siempre me han preocupado más los compañeros locales, porque al final yo me cogía un avión y volvía a San Francisco, pero ellos se quedan allí.

El contacto con las víctimas es una parte importante de tu trabajo. Tras semanas fuera escuchando su dolor, ¿es fácil volver a casa a tu vida normal?

No, no es fácil. Cuando no era madre, el proceso de vuelta era devastador. Pero tener un hijo te ayuda porque ellos tienen otras prioridades y te ponen los pies en la tierra. Ahora soy directora y echo de menos el trabajo de campo. Pero tuve que parar un poco porque llegó un punto en que tras una historia brutal y la siguiente más dura todavía ya no sentía nada.

¿Qué le dices a tu hijo sobre tu trabajo?

Tiene ocho años y sabe que su madre es abogada, que trabaja mucho y no le gusta nada que pase tanto tiempo en el teléfono. Es muy político y sabe que hay tipos malísimos, que son presidentes, dictadores y que su madre los intenta meter en la cárcel.

¿Sirve la justicia universal, que es tan joven, para mejorar el mundo?

Absolutamente. Se puede hacer muchísimo para mejorar. Hay un cambio de mentalidad provocado por la situación en Siria ante el que han reaccionado Francia, Alemania y Holanda. Yo sí creo que cuando ven a uno de estos cabrones que es juzgado los otros piensan “ostras, que pueden venir a por mí”. No creo que eso los haga buenos, de todas formas, pero se lo van a pensar dos veces. El juicio de los jesuitas fue muy largo, pero para mí el logro más importante, más allá de ganar el juicio, fue que se extraditara desde Estados Unidos, un país que no habría hecho eso nunca aunque no fuese más que por no sentar precedente. Y sin embargo se estimó y han salido congresistas y jueces para felicitar al tribunal español por el buen trabajo que hicieron.

¿Qué consejos le darías a alguien que está acabando la carrera y quiere dedicarse al derecho internacional?

Que no persigan una línea ortodoxa, que sigan la entraña y que se arriesguen. Que no le tengan miedo a los voluntariados, a veces hay miedo a que te utilicen. Lo mejor es exponerse a esas experiencias. Si estás en Madrid está ACNUR, si quieres trabajar con mujeres, llama a la puerta de las organizaciones de mujeres e involúcrate, porque a partir de ahí es cuando empiezan a pasarte las cosas y se produce un efecto de bola de nieve que te va a llevar a sitios que no habías imaginado. Todo está ahí, en la gente que te vas encontrando.

¿Te consideras indómita?

Tuve que buscar la palabra ‘indómita‘ en el diccionario porque no la he usado nunca. Y sí, ¡soy indómita!“

¿Qué es lo más indómito que has hecho?

Sin lugar a dudas venirme a Estados Unidos, que me costó parte de mi salud, se me cayó el pelo, me salió un herpes… Y luego, cuando me divorcié, lo más indómito fue quedarme en Estados Unidos, mi familia esperaba que volviese a España.

¿Tu familia vive con miedo tu trabajo?

Mi actual marido es abogado, de padres hippies y muy comprometido. Nos conocimos en el juicio del asesinato del arzobispo Monseñor Romero. Y mis padres han tenido una evolución. Han aprendido a entender mi trabajo y ahora están muy orgullosos y convencidos. Eso sí, mi padre no quiere saber detalles escabrosos, de si me han amenazado o he pasado cuatro días en la selva sin comer…

Fotos: ©Hakawatifilm.

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